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Preguntas y respuestas para entender mejor esta problemática que, aunque parece lejana, está literalmente sobre nuestras cabezas.
La basura espacial es todo objeto fabricado por el ser humano que permanece en el espacio, pero ya no cumple ninguna función. Son los restos de nuestra actividad fuera de la Tierra que incluyen: satélites fuera de servicio, etapas de cohetes, cofias protectoras, pernos de separación, fragmentos de explosiones, partículas de pintura, trozos de metal o vidrio, cables rotos.
Cada uno de esos objetos, sin importar su tamaño, sigue girando alrededor del planeta a velocidades vertiginosas: más de 27.000 km/h, diez veces más rápido que una bala. Eso convierte a cualquier fragmento, por pequeño que sea, en un proyectil capaz de dañar o destruir un satélite o estación espacial.

Nuestra vida depende de los satélites mucho más de lo que creemos. Los usamos para: comunicaciones, navegación, servicios públicos, monitoreo ambiental y seguridad. Hoy orbitan la Tierra más de 10.000 satélites activos, y se espera que esa cifra aumente exponencialmente en los próximos años.
Al mismo tiempo, la cantidad de desechos orbitales no deja de aumentar, poniendo en riesgo tanto el funcionamiento de los satélites como el acceso sostenible al espacio. Las colisiones en el espacio ocurren a velocidades relativas que pueden superar los 58.000 km/h. A esas velocidades, incluso una pieza del tamaño de una tuerca puede provocar daños graves o generar nuevos fragmentos, multiplicando el riesgo de futuros impactos.
En el peor de los escenarios, las reacciones en cadena entre fragmentos y satélites podrían producir una cantidad tal de restos que grandes regiones de la órbita baja terrestre (LEO) se vuelvan inutilizables por mucho tiempo.
La respuesta corta es no. Calcular con precisión el punto de impacto de los restos espaciales es una de las tareas más complejas para los especialistas. En lugar de una ubicación puntual, lo que se puede estimar es una zona amplia de posible caída, conocida como huella de reingreso.
Pequeñas variaciones en los cálculos generan grandes diferencias: un error de apenas un minuto en la predicción del momento de reingreso puede desplazar la estimación en casi 500 kilómetros. Las mayores incertidumbres provienen de las condiciones orbitales y atmosféricas, en especial de la influencia de la actividad solar. Con un seguimiento constante y buenos datos, se puede prever cuándo ocurrirá el reingreso, pero no exactamente dónde.
No. Lamentablemente aún no existe un tratado global vinculante sobre basura espacial, y la mayoría de las normas nacionales son recientes o parciales.
Sin embargo, existen varios principios, recomendaciones y buenas prácticas, pero son limitadas y de carácter voluntario. Entre ellos encontramos los principios del COPUOS (Comité de la ONU para el Uso Pacífico del Espacio Ultraterrestre), los estándares del IADC y la norma ISO 24.113 sobre Mitigación de Basura Espacial.
Uno de los mayores desafíos actuales es transformar estas buenas prácticas en reglas efectivas y universales que garanticen la sostenibilidad del espacio a largo plazo.
En la órbita baja (LEO), los objetos están expuestos a la resistencia atmosférica. Incluso una pequeña fricción con las partículas de la atmósfera puede hacer que un satélite se vaya frenando, pierda altura progresivamente y termine reingresando en capas más densas.
Cuando eso sucede, el objeto se somete a temperaturas extremas y enormes fuerzas aerodinámicas. La primera fragmentación importante suele ocurrir a una altitud de entre 74 y 83 kilómetros. Se estima que entre el 10% y el 40% de la masa total logra sobrevivir al reingreso.
Los fragmentos livianos se frenan más y alcanzan el suelo a unos 30 km/h, mientras que los restos más pesados pueden superar los 300 km/h.
El riesgo total es extremadamente bajo (pero no 0) en comparación con otros peligros cotidianos. Se estima que la probabilidad de que una persona en particular resulte herida por basura espacial es menor a una en un billón (1 en 1.000.000.000.000). Este número se achica año a año.
Se parece más a una explosión que a una colisión común. Las colisiones a hipervelocidad no se comportan como los choques que conocemos. Los objetos se mueven tan rápido que atraviesan uno al otro antes de que las ondas de choque puedan propagarse. Esas ondas internas destrozan las estructuras de ambos cuerpos en fragmentos de distintos tamaños, y cada fragmento recibe un impulso en una dirección diferente.
Cada pedazo termina en una órbita distinta y se aleja de los demás de acuerdo con las leyes del movimiento orbital. Con miles de fragmentos moviéndose en direcciones apenas diferentes, el resultado se asemeja a una explosión.
Lamentablemente, sí. Los modelos matemáticos han demostrado que la basura espacial continuaría aumentando aún si toda la humanidad dejara de lanzar satélites.
El síndrome de Kessler es un escenario en el que la cantidad de desechos espaciales crece tanto que una colisión genera más fragmentos, esos fragmentos provocan nuevas colisiones y así se desencadena una reacción en cadena que vuelve peligrosas e incluso inutilizables ciertas órbitas. Una especie de efecto dominó en el cielo que, si no se controla, complica el futuro del acceso al espacio.

Existen varios instrumentos y redes internacionales dedicadas a rastrear y catalogar objetos en el espacio. La Red de Vigilancia Espacial (SSN), operada por la Fuerza Espacial de Estados Unidos, utiliza radares y telescopios distribuidos por todo el mundo para detectar y seguir miles de objetos en órbita.
Otra fuente es DISCOS (Database and Information System Characterising Objects in Space), mantenida por la ESA. También existen iniciativas abiertas como Space-Track, que publica información de libre acceso sobre objetos rastreados.
Algunas instalaciones de radar pueden detectar objetos pequeños cuando atraviesan sus haces. Contando la cantidad de "ecos" de radar, se puede estimar la población total de pequeños fragmentos.
Otra forma es cuando se recupera una nave o módulo que estuvo en órbita: casi siempre está lleno de marcas de impactos de microdesechos. También se utilizan modelos matemáticos que simulan colisiones y explosiones para calcular cuántas partículas nuevas se generan en cada evento.
En la actualidad, nadie está obligado a controlar la basura espacial de forma centralizada, aunque varios países la monitorean, proponen reglas y publican reportes para evitar que la situación empeore.
Es un sistema fragmentado y cooperativo, pero insuficiente para supervisar toda la basura que existe en órbita. Las tareas recaen en instituciones que rastrean objetos, predicen colisiones y reingresos, y publican (o no) sus datos.
Sí, existen distintos tipos de "cementerios" espaciales, según el tipo de misión y la órbita del satélite. Cuando un satélite llega al final de su vida útil, los operadores aplican una de tres estrategias:
· Reingreso controlado: se guía el objeto para que vuelva a la atmósfera y se desintegre sobre el océano.
· Órbita Cementerio: los satélites geoestacionarios se trasladan a una órbita unos 400 km por encima de la operativa.
· Punto Nemo: región remota del océano Pacífico Sur, el lugar más alejado de cualquier costa del planeta. Allí se encuentra el llamado cementerio de naves espaciales.

Por el momento, no existe una agencia internacional que ejerza un "control de tráfico espacial" similar al que regula los aviones en la Tierra. Cada agencia o empresa monitorea y gestiona sus propios objetos.
El concepto de Space Traffic Management (STM) se refiere al conjunto de normas, procedimientos y tecnologías destinadas a coordinar de forma segura y sostenible las actividades espaciales. Desarrollar un marco internacional de STM es, hoy, uno de los desafíos más urgentes para preservar la seguridad del entorno espacial.

¡Ojalá! En órbitas bajas (por debajo de los 600 km), la atmósfera genera fricción que va frenando los objetos y los lleva a reingresar. Entre los 600 y 1.000 km, el proceso puede tardar décadas o siglos.
El problema es que, mientras tanto, los objetos pueden chocar entre sí o fragmentarse y producir aún más desechos, multiplicando el problema en lugar de resolverlo.

La medida más simple y efectiva es eliminar los objetos en órbita una vez que dejan de ser útiles. Muchos países han adoptado reglas para el retiro y eliminación de satélites y cohetes viejos. El inconveniente es que hacerlo puede ser difícil y costoso, sobre todo si el vehículo no fue diseñado con un sistema de desorbitado. Y esto no soluciona el problema de los objetos que ya están en el espacio y no pueden ser controlados.
No hay una solución fácil ni barata. La limpieza del espacio sería carísima y llevaría muchos años. Los desechos grandes son los más peligrosos porque pueden generar nuevos fragmentos, pero también son los más pesados y difíciles de mover. Los fragmentos pequeños, en cambio, son casi imposibles de detectar o rastrear, y existen en cantidades enormes. Cada tipo de basura presenta su propio desafío.
Para retirar un objeto grande, habría que acercarse a él, igualar su velocidad orbital, acoplarse y empujarlo hacia una órbita más baja. Existen varias estrategias: arpones, redes o brazos robóticos. Si el objeto todavía contiene combustible, existe riesgo de explosión; por eso los astronautas no realizan estas tareas.
Además, hay un problema legal: no se puede capturar un satélite que pertenece a otro país sin su permiso. Y los objetos pequeños, aunque peligrosos, no pueden ser controlados ni capturados, ya que viajan diez veces más rápido que una bala. En resumen, es muy difícil "limpiar" el espacio sin generar más basura en el intento.

Los desechos no se pueden mover, pero si el otro objeto involucrado es un satélite activo, es posible modificar su órbita mediante una Collision Avoidance Maneuver (CAM). La mayoría de los operadores necesitan horas o incluso días para planificar y ejecutar una CAM, por lo que la anticipación resulta fundamental.

Los desechos espaciales pueden variar desde una gran etapa de cohete de más de 10 metros, hasta partículas microscópicas apenas visibles. Los más preocupantes son los objetos mayores de 3 milímetros, ya que incluso los impactos de fragmentos minúsculos pueden dañar paneles solares, sensores o instrumentos científicos y reducir la vida útil de una misión.

Porque todo lo que orbita la Tierra se mueve a velocidades enormes, alrededor de 7,5 km por segundo (más de 27.000 km/h). Eso es entre 10 y 20 veces más rápido que una bala. Si un satélite se mueve en una dirección y un fragmento en la opuesta, la velocidad relativa puede duplicarse, y el impacto incluso de una partícula diminuta puede ser letal.

La mayoría de las rupturas se deben a explosiones causadas por gases o líquidos residuales en los tanques de antiguas etapas de cohetes. Algunos satélites también han explotado por fallas en sus baterías. Por ese motivo, una de las recomendaciones clave es "pasivar" los componentes que contengan cargas, fluidos o combustibles que puedan provocar una explosión.
Según el Tratado del Espacio de 1967 y la Convención sobre Responsabilidad de 1972, el Estado de lanzamiento es siempre el responsable internacional por los daños que cause un fragmento de basura espacial, incluso si pertenece a una empresa privada. Si el daño ocurre en la superficie o en un avión en vuelo, la responsabilidad es absoluta; si ocurre en el espacio, es por culpa.

No. Los satélites se lanzan a distintas altitudes, con diferentes inclinaciones y en diferentes momentos. Con el paso de los años, las fuerzas naturales alteran sus órbitas, de modo que los desechos acaban moviéndose en todas direcciones, especialmente en las órbitas bajas, donde se encuentran la Estación Espacial Internacional y la mayoría de las misiones tripuladas.
Un reingreso ocurre cuando un objeto fabricado por el ser humano vuelve a entrar en las capas más densas de la atmósfera. Hay dos tipos: el reingreso controlado, planificado para dirigir el objeto sobre el océano, y el reingreso no controlado, donde la resistencia atmosférica va frenando lentamente al objeto sin posibilidad de predecir exactamente cuándo ni dónde caerán los restos.
En general, los reingresos son algo positivo porque reducen la cantidad de basura en órbita. El problema aparece cuando ciertos objetos sobreviven al paso por la atmósfera.

Sí. Las órbitas situadas entre 800 y 1.100 km de altitud concentran alrededor del 40% de los desechos espaciales rastreados. También las órbitas polares, que cruzan constantemente otras trayectorias, presentan mayor riesgo de colisiones. En general, cuanto más útil es una órbita para las actividades humanas, más basura acumula.
Todos los días se producen reingresos de fragmentos de basura espacial. La masa que reingresó en 2024 fue de aproximadamente 490 toneladas (un aumento del 70% con respecto a 2023).
La cantidad de aluminio que reingresó en la atmósfera procedente de satélites y etapas superiores de vehículos de lanzamiento superó, por primera vez en 2024, a la de los meteoroides. Se prevé que el número de objetos artificiales en órbita aumente significativamente con los planes para grandes constelaciones de pequeños satélites.
Podés consultar este y otros datos actualizados en tiempo real en el "Tablero de Datos" de este sitio.
Sobre el proyecto
MIRA (Monitoreo de Impactos y Reingreso Atmosférico) es un proyecto orientado a recopilar, analizar, modelar y comunicar información sobre objetos en órbita terrestre y los riesgos asociados al reingreso no controlado de basura espacial en América Latina.
El proyecto integra datos abiertos de múltiples fuentes, desarrolla modelado técnico propio y elabora propuestas de política pública, con un foco especial en los posibles impactos sobre el territorio, las poblaciones, las infraestructuras críticas, la atmósfera y el ambiente. MIRA busca transformar información dispersa en alertas tempranas, evidencia útil y capacidad real de toma de decisiones.
Propósito estratégico
MIRA es una iniciativa estratégica del CIEE destinada a posicionar a América Latina como un actor capaz de comprender, anticipar y gestionar los riesgos asociados a la basura espacial.
Integrar datos de Space-Track y otras fuentes para emitir avisos oportunos y comprender patrones de riesgo regional.
Establecer vínculos permanentes con agencias latinoamericanas para coordinar alertas, protocolos y programas de capacitación.
Consolidar información dispersa, desarrollar modelos propios y producir análisis técnicos, jurídicos y socioeconómicos.
Proveer insumos para la toma de decisiones e impulsar buenas prácticas alineadas con estándares internacionales.
Posicionar a Argentina como nodo articulador en COPUOS y el debate global sobre sostenibilidad espacial.
Reducir la confusión entre basura espacial y fenómenos naturales mediante campañas educativas.
El CIEE es parte de la Zero Debris Charter, una iniciativa de la ESA que promueve la eliminación de nuevos desechos espaciales para 2030 mediante compromisos concretos de operadores, agencias e instituciones a nivel global.
El CIEE es signatario y adherente activo de esta carta, respaldando sus pilares de sostenibilidad orbital como parte de su misión de investigación y monitoreo del entorno espacial.
Las personas detrás del proyecto
MIRA es desarrollado por un equipo interdisciplinario integrado por docentes, investigadores y estudiantes especializados en derecho espacial, ingeniería aeroespacial, ciencia de datos, estudios ambientales e ingeniería en materiales.
El grupo está formado por perspectivas diversas, unido por un único propósito: comprender los riesgos que nos acechan desde arriba y proteger el mundo que está debajo.
Cooperación e información
Próximamente
Estadísticas, tendencias y políticas para comprender y enfrentar los desafíos de la basura espacial en América Latina.
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Dimensión normativa
Comprender los impactos de la basura espacial exige ir más allá de su medición técnica. El monitoreo y la caracterización de los objetos en órbita son los primeros pasos, que nos permiten conocer qué hay, dónde está y cómo se mueve. No obstante, ese conocimiento solo cobra sentido cuando se articula con una pregunta más profunda: ¿cómo se regula?
Esta sección explora el marco normativo existente; con sus logros, limitaciones y vacíos. Es crucial entender el contexto para imaginar y promover estrategias de gestión del espacio que sean eficaces, equitativas y sostenibles para América Latina y el mundo.
A diferencia de los tratados internacionales clásicos, los marcos de mitigación son instrumentos técnicos y voluntarios que buscan establecer buenas prácticas para reducir la generación de nuevos desechos. Surgieron por iniciativa de agencias espaciales y organismos técnicos ante la ausencia de legislación vinculante.
Elaboradas por las principales agencias espaciales del mundo (NASA, ESA, JAXA, Roscosmos, ISRO, entre otras), estas directrices fueron el primer consenso técnico internacional sobre mitigación. Establecen criterios sobre vida útil de los satélites tras su misión (regla de los 25 años en LEO), desorbitalización controlada, protección de zonas orbitales protegidas y minimización de fragmentación. Son la base sobre la que se construyeron todos los marcos posteriores.
El Comité de la ONU para el Uso Pacífico del Espacio Ultraterrestre adoptó siete directrices que adaptan los estándares técnicos del IADC al lenguaje diplomático de la comunidad internacional. Aunque no son jurídicamente vinculantes, su respaldo por parte de la Asamblea General de la ONU les otorga una legitimidad política considerable. Son el principal punto de referencia normativo para los Estados a la hora de diseñar legislación nacional.
La Organización Internacional de Normalización publicó esta norma para traducir las directrices del IADC en requisitos técnicos aplicables a la industria aeroespacial. A diferencia de las directrices intergubernamentales, la ISO 24113 está pensada para ser incorporada en contratos de adquisición y especificaciones de diseño de misiones. Varios organismos nacionales la adoptan como referencia obligatoria para licitaciones públicas.
Aprobadas tras años de negociación, las 21 directrices LTS amplían el foco más allá de los desechos: abordan la coordinación del espectro radioeléctrico, la compartición de datos de conciencia situacional espacial (SSA), la prevención de colisiones y el fomento de marcos regulatorios nacionales. Representan el esfuerzo más ambicioso hasta la fecha por crear una gobernanza integral del entorno espacial, aunque su carácter voluntario sigue siendo su principal limitación.
La segunda edición de la norma actualizó los requisitos técnicos para reflejar la proliferación de megaconstelaciones y los nuevos perfiles de misión de los satélites pequeños (smallsats y cubesats). Introdujo exigencias más estrictas para la desorbitalización pasiva y activa, y amplió el alcance a sistemas multi-satélite. Esta revisión evidenció que los estándares técnicos deben evolucionar al ritmo de la industria —algo que los marcos intergubernamentales rara vez logran.
Todos los instrumentos normativos actualmente vigentes en materia de basura espacial son de carácter voluntario. La siguiente tabla permite comparar su alcance, origen y nivel de adopción.
| Instrumento | Organismo | Año | Destinatario principal | Carácter | Alcance temático |
|---|---|---|---|---|---|
| Directrices IADC | IADC (13 agencias) | 2002 / 2007 | Agencias espaciales | Voluntario | Mitigación técnica: vida útil, desorbitalización, fragmentación |
| Directrices COPUOS | ONU / COPUOS | 2010 | Estados miembro | Voluntario | Mitigación, limitación de objetos liberados, pasivación |
| ISO 24113 | ISO / TC 20/SC 14 | 2011 / 2019 | Industria aeroespacial | Técnico-normativo | Requisitos de diseño de misiones y sistemas espaciales |
| Directrices LTS | ONU / COPUOS | 2019 | Estados y operadores | Voluntario | Sostenibilidad integral: SSA, STM, espectro, datos, regulación |
| Reglas Zero Debris (ESA) | ESA | 2023 | Misiones ESA y socios | Técnico-normativo | Probabilidad de colisión <1/1000, desorbitalización en 5 años |
| FCC Orbital Debris Rule | FCC (EE.UU.) | 2022 | Operadores con licencia FCC | Técnico-normativo | Desorbitalización en 5 años (antes 25) para satélites LEO |
* "Técnico-normativo" indica que el instrumento tiene carácter obligatorio dentro de su jurisdicción o ámbito de aplicación específico (contratos, licencias, misiones), pero no constituye un tratado internacional vinculante para los Estados.
Dos conceptos estructuran el debate normativo contemporáneo sobre la gestión del entorno espacial. Entenderlos es esencial para comprender hacia dónde apunta la regulación futura.
El Space Traffic Management (STM) es el conjunto de normas, procedimientos y tecnologías orientadas a coordinar de manera segura y sostenible las actividades en el espacio. Su objetivo es evitar colisiones, regular las maniobras orbitales, coordinar el uso del espectro radioeléctrico y establecer responsabilidades claras entre operadores.
Hoy no existe ningún organismo internacional con autoridad para aplicar STM de forma vinculante. La coordinación ocurre de manera fragmentada: la ITU regula el espectro, la UNOOSA promueve directrices, y las agencias nacionales (NASA, ESA, Roscosmos) comparten datos de forma bilateral y voluntaria. El STM es el gran desafío de gobernanza del siglo XXI espacial: sin él, el aumento exponencial de satélites hace la colisión en cascada —el síndrome de Kessler— progresivamente más probable.
La Space Situational Awareness (SSA) es la capacidad de conocer, con suficiente precisión y anticipación, el estado del entorno espacial: qué objetos orbitan, en qué trayectorias, con qué incertidumbre, y qué riesgos de colisión o reingreso presentan. Sin SSA no hay STM posible: no se puede gestionar lo que no se conoce.
El acceso a datos de SSA está hoy profundamente desigualado. EE.UU., a través del 18th Space Defense Squadron, produce el catálogo más completo (más de 30.000 objetos rastreados), pero la información que comparte públicamente es limitada. La ESA desarrolla su propio sistema con mayor transparencia. Para América Latina, la dependencia de datos externos es total: ningún país de la región opera sensores propios de seguimiento orbital, lo que hace de la SSA una dimensión estratégica central para MIRA.
El marco normativo existente enfrenta limitaciones estructurales que explican por qué, a pesar de décadas de esfuerzo diplomático y técnico, la basura espacial sigue creciendo. Estos no son problemas menores: son los obstáculos que determinan qué soluciones son realmente posibles.
No existe ningún instrumento de derecho internacional que obligue a los Estados a mitigar la generación de basura espacial. Los tratados vigentes (1967, 1972) fueron diseñados para otra era: no contemplan desechos, megaconstelaciones ni actores privados. El consenso necesario para un nuevo tratado enfrenta resistencias geopolíticas profundas entre las potencias espaciales.
El auge de operadores privados como SpaceX, OneWeb o Amazon Kuiper ha transformado el ecosistema orbital: hoy la mayoría de los satélites lanzados son privados. Sin embargo, la responsabilidad internacional sigue recayendo en los Estados, mientras la regulación de los privados varía enormemente según el país de licencia. Este vacío crea incentivos para el "forum shopping" regulatorio.
La información sobre objetos en órbita es, en gran medida, de acceso limitado o estratégicamente retenida. Los países con capacidades de rastreo comparten solo una fracción de sus datos. Esta asimetría informacional hace imposible una gobernanza verdaderamente colectiva: los que más saben son los que menos interés tienen en ceder esa ventaja.
Instrumentos como las directrices IADC o la norma ISO 24113 fueron diseñados para misiones individuales. Las megaconstelaciones de cientos o miles de satélites plantean problemas cuantitativamente distintos: el riesgo acumulado de colisión, la saturación del espectro y la congestión orbital no tienen respuesta en ningún marco normativo actual.
Los países de la región participan marginalmente en los foros donde se define la normativa espacial global (COPUOS, IADC, ITU). La mayoría carece de legislación espacial nacional, capacidad técnica de SSA propia y representación efectiva en organismos multilaterales. Esta ausencia significa que las reglas que afectan a la región se escriben sin la región.